martes, 16 de diciembre de 2014
Soñadores
Dije que somos inconformistas. También somos egoístas.
sábado, 13 de diciembre de 2014
Otromundo
Otromundo es aquel lugar utópico que todos desean. Es, nada más ni nada menos que el mundo de las ideas que casi mostró Platón. Otromundo puede ser un planeta formado únicamente por selvas densas y verdes, o, si por el contrario, deseas un lugar desierto y silencioso, también puede serlo. Quizás prefieras que sea todo agua, y no haya un ápice de tierra firme, y doy fe de que así sería. Otromundo puede estar poblado o no, depende de lo que prefieras. Y, si decides poblarlo, puede estar habitado de diversas criaturas: maravillosas y coloridas serpientes que den la vuelta al planeta sólo con su cuerpo; seres mitad alados mitad lagarto, que sean inteligentes y hablen en un idioma completamente desconocido para cualquier otro; criaturas con forma humana pero con prolongaciones animales (aún te recuerdo, Moreau); bichos e insectos de todos los colores y tamaños; robots futuristas con complejo de humano; quizás, a Otromundo lo pueblen ponis bailarines de ballet con los que solo una niña pequeña soñaría.
Otromundo no tiene leyes de física, si las rechazas: podrías ir volando sin alas ni propulsores a cualquier lugar, o quizás poseer toda tu fuerza en el dedo meñique de tu pie izquierdo. Tampoco tiene reglas no escritas, ni escritas si quiera: todo vale si puedes imaginarlo.
Hay gente que confunde Otromundo con la Fantasia que Sebastian creó, y no me he dejado ninguna tilde. Otros prefieren, simplemente, no creer en su existencia, y limitarse (odiosas limitaciones) al mundo original y, por decirlo de algún modo, real, ignorando las "pamplinas" que esta chica de aquí está escribiendo.
Puede que después de leer esto, desees ir a Otromundo, y me parecería bien; sin embargo, hay algunas condiciones que dudo que reúnas dado que, como he dicho antes, muy pocas personas han ido. Y desde luego, no se puede volver. Cuando vas a Otromundo, olvidas este mundo, y con ello, todo lo que a él concierne. Quizás esto te haga más reacio a ir allí. Pero si, al margen de todo eso e ignorando las dificultades del olvido, decides ir, tienes mi más sincero aplauso. Ahora, te toca averiguar cómo llegar.
¿Beberás de la botella que dice "Bébeme"? ¿Comerás el pastel que dice "Cómeme"? ¿Dormirás bajo la sombra de un árbol mientras te leen una historia? ¿O, quizás, meramente, morirás? He ahí la cuestión.
Clara Rivero Peralta.
cuántas estrellas han caído del cielo sin apreciarlo,
cuántos besos nos han parecido rutina, costumbre,
cuántas montañas escalamos sólo para llegar a la cumbre.
No des un solo paso sin sentir bajo tus pies el frío suelo.
No dejes escapar un sueño al despertar sin recordarlo.
No menosprecies ninguna charla con amigos por corriente.
Recoge en tu pelo la lluvia y deja que el sol te caliente.
Porque tarde o temprano, ojalá no temprano sino tarde
aunque huyas, o te escondas, o no quieras que te alcance
algún día, aunque no hayas disfrutado lo suficiente
cuando levantes la mirada del camino, te esperará la muerte.
Mercedes Pellón
jueves, 11 de diciembre de 2014
A LAS ÓRDENES DEL VIENTO
miércoles, 10 de diciembre de 2014
martes, 9 de diciembre de 2014
Más allá...
Más allá de donde todos piensan que acaba,
más allá de donde todos creen que podrían soportar,
más allá del lugar donde todo nace y todo muere,
allí, allí, no hay más que tinieblas oscuras y desconocidas,
tundras de nada inmensa, desiertos repletos de sombras sin luz.
No es otro lugar, sino donde las mentes de perpetuo pensar divagan tras desfallecer, tras el colapso final, tras el estrepitoso tropiezo y la decisión de no volverse a levantar.
Teresa Ángela
martes, 2 de diciembre de 2014
Frasquitos de ensueño
Los Recuerdos son la manera que tenemos de atrapar el tiempo en pequeños frasquitos, por eso tan frágiles son, tan coloridos unos, tan etéreos otros, tan... desparecidos parecen algunos. Poco a poco vamos acumulandolos, para que al Final, los abramos todos, y podamos dormir eternamente sobre ellos.
Teresa Ángela
viernes, 29 de agosto de 2014
Oscuridad
Somos seres humanos. Somos personas. Somos emoción, creatividad y una buena pizca de locura. ¿Somos los dueños del planeta? Tal vez no, pero sí podemos disfrutarlo. Debemos disfrutarlo. Disfruta la vida. Es un regalo.
lunes, 16 de junio de 2014
Crónicas de un viaje involuntario (2)
Crónicas de un viaje involuntario
Disculpad la ausencia, pero he estado ocupado con los exámenes y he tenido que cesar brevemente mi producción literaria. Sin embargo, aquí está el segundo capítulo, y espero que pronto venga el tercero.
Capítulo 2. La mujer
Pasó casi un minuto hasta que Eduardo pudo despegar la vista
de la portada del libro. En ella aparecía un simple paisaje urbano, pero había
algo en su simplicidad, reconfortantemente familiar a la par que
maravillosamente extraña, que había captado su atención de una manera difícil
de describir. Simplemente, había despertado a su yo de la infancia.
Veinticinco años antes, Eduardito, hijo de la Casilda y el
Julián, habitantes de toda la vida de Osuna, era un intrépido joven de trece
años con ganas de comerse el mundo. Se bebía, más que leía, las enciclopedias
ilustradas de la mal surtida biblioteca del pueblo, y siempre que alguien iba a
la capital, a Sevilla, le pedía por favor que le trajera revistas de viajes,
por las que estaba más que satisfecho de desprenderse de sus seis pesetas de
paga semanal. Su padre, Julián, trabajaba de guardagujas en la estación del
pueblo; de ahí le venía a Eduardito su fascinación por conocer mundo. A veces
llegaba gente de sitios muy lejanos, como Madrid, o incluso Barcelona, y
Eduardo apenas podía contener sus preguntas sobre cómo eran los sitios de los
que venían. Los visitantes no siempre
contestaban con agrado, y a veces ni siquiera lo hacían, pero eso no frenaba al
audaz joven. Simplemente, Osuna se le quedaba chica. Había explorado cada
rincón del pueblo, conocía cada pequeño escondite; aquel callejón de detrás de
la casa del Gregorio, donde había un hueco en la pared que daba a un descampado
de otra manera inaccesible; el pequeño claro en el bosquecillo que quedaba al
sur del pueblo, cubierto por aquella gran encina que proporcionaba la sombra
perfecta; la pequeña cuevecilla de detrás de la fuente del pueblo… Todos
aquellos rincones conocía Eduardo, así como otros muchos. Pero de entre ellos,
no había ninguno tan interesante como lo que observaba en los libros. Esas
puertas al mundo exterior, que quedaba de Despeñaperros para arriba, un mundo
que Eduardito no creía que fuera a ver nunca.
Todo esto recordaba Eduardo mirando la portada de aquel
libro. Tras aquello, su interés en el mundo exterior se había ido mitigando de
alguna forma; cuando se quiso dar cuenta, estaba trabajando para Petxi en el departamento
de marketing, tras haber estudiado una carrera que no le gustaba, y se había
mudado a un pequeño piso de Sevilla, en Los Remedios. Y tras una serie de
aburridos ascensos varios había llegado a ser jefe de departamento, pero la
sensación era la misma. Aburrimiento profundo. Y mucha desazón.
Se vio bruscamente despertado de su ensimismamiento cuando
la encargada del puesto, una señora de unos cuarenta años largos con una
agradable sonrisa y unas enormes gafas que le quedaban a la mitad de la nariz,
le preguntó:
-Disculpe, caballero, ¿va a comprar el libro? Lleva
mirándolo cinco minutos.
-Oh, ¿tanto?-balbució Eduardo, un tanto sobresaltado- Es
que, bueno, me ha… sorprendido la portada, es muy inspiradora.
-Oh, ya lo creo-le respondió la amable señora, con una
chispa de entusiasmo en los ojos-, Marc Thornby es un maravilloso autor de
literatura de viajes. Consigue que uno se sienta en el lugar que describe, y
las imágenes son simplemente geniales. Le aseguro que es una auténtica joya- le
sonrió cálidamente-. Si lo quiere, está sólo a 15 euros; una ganga, diría yo.
-Ya, bueno-respondió Eduardo, un poco más repuesto-, es que
no traía intención de comprar nada. Pero…-volvió a mirar a la portada,
permaneciendo así otros diez segundos-. Tiene usted razón, este libro parece
genial. Aquí tiene.
-Oh, caballero, le aseguro que no se arrepentirá. Y, desde
luego, si tiene pensado algún viaje próximamente, es la mejor compra que puede
hacer.
-Pues el caso es que no soy yo muy de viajar, señorita.
Aunque… ¿sabe qué le digo? Puede que haga una excepción.
Tras pagar por el libro, y decidiendo que el paseo podía
esperar, regresó a su casa con el libro en sus manos, esta vez andando. Se le
ocurrió mirar la contraportada, y observó, sorprendido, que la sinopsis era
extremadamente breve. Decía “Descubra
nuevos lugares. Aventúrese. Conozca. Disfrute de su vida, no la desaproveche.
Viaje”. Definitivamente, una sinopsis de lo más singular.
Aunque también le llamó la atención la etiqueta. Tenía
impreso el nombre de la librería, en el cual no había reparado hasta ahora. “Librería
La escapada”. También tenía un número de teléfono. Eduardo sacó el móvil y la
buscó en Google: se trataba de un pequeño comercio escondido en las callejuelas
que serpentean alrededor de la Plaza Nueva, con un definitivo encanto de
librería clásica. Resultaba que, aunque la literatura de viajes era su
especialidad, también tenían relatos de ficción, sobre todo de ciencia ficción.
En ese momento, una idea empezó a flotar en la idea de
Eduardo. Intentó deshacerse de ella, pero cada vez era más fuerte, hasta el
punto en que parecía ser incluso una buena idea.
-Debo estar absolutamente loco-, dijo en voz baja. Abrió la
aplicación de llamadas y marcó el número.
-Librería La escapada, ¿dígame?- contestó una amable voz
femenina.
domingo, 15 de junio de 2014
Experimento-Viaje
Señal azul con marco blanco: Despeñaperros 3. Kilómetros, claro.
El coche era el único vehículo sobre aquella carretera a pleno mediodía de un jueves. Hacía tiempo que Gustavo no se paraba a reflexionar detenidamente sobre su rumbo; como el coche, parecía que había estado guiada por un camino establecido, sea la carretera en un caso o los convencionalismos vitales en el otro.
Atención: tramo de concentración de accidentes en 500 metros. Curvas pronunciadas.
El motor del antiguo coche rugía bajo el capó, como un león que, aunque ya mayor, sigue presentando guerra. No así Gustavo. Cuando llegó a la primera curva a la derecha, pegó un firme volantazo a la izquierda.
Y voló.
E hizo al coche volar. Y él voló lejos del coche.
Voló, y se sintió al fin liberado, viendo la arboleda aproximarse bajo su cuerpo.
Y cuando se estrelló contra el árido suelo montañoso, se sentía, por primera vez en mucho tiempo, libre.
Con este texto quería experimentar un poco; no suelo escribir cosas en tono trascendental, ni de manera metafórica, sino en un estilo novelesco. No obstante, me apetecía intentar algo nuevo.
sábado, 24 de mayo de 2014
Nubes borrachas de amor.
Prefería morir lentamente, entre un par de caladas de aire, que sin tiempo para decir adiós.
Y larga vida a las risas que hacían eco entre las nubes borrachas de amor.
Marieta.
domingo, 4 de mayo de 2014
Las flores en una mano.
Marieta.
viernes, 11 de abril de 2014
jueves, 10 de abril de 2014
Palabras de amor.
martes, 8 de abril de 2014
Vista optimista de la vida
Abres los ojos y prosigues tu camino, solo que ahora eres un poco más feliz.
Más fácil
Abandonar... esa dulce tentación epicúrea de la Nada.
La lenta e ignorante muerte en el desconocimiento.
Esa falsa idea de felicidad que te atrae a la irracionalidad, que aleja a tu conciencia de la, a veces, triste y severa sinceridad de la realidad.
Teresa Ángela
lunes, 24 de marzo de 2014
Crónicas de un viaje involuntario
Crónicas de un viaje involuntario
Capítulo 1. El libro
La tenue luz del nublado día de noviembre se proyectaba sobre la pared del fondo a través de los amplios ventanales de la habitación. La respiración sosegada, apenas audible, ascendía de la cama sin hacer. La puerta, a la derecha, daba a un pasillo sin iluminar, ya que nadie había salido aún de la cama. Aquel día no era laborable, claro; si no, poca gente quedaría en la casa a las diez de la mañana. El río Guadalquivir, visible en todo su esplendor desde la cálida comodidad del interior de las sábanas, aparecía levemente difuminado por la tenue niebla que, perezosa, se había levantado aquel día. Eduardo Martínez, desde la cama antes mencionada, no podía sino admirar a la gente que paseaba, animada, por el paseo de las Delicias, que discurría paralelamente al río, como si de su hermano gemelo de asfalto y cemento se tratase, aunque estaba animado por el incesante tráfico de automóviles que lo surcaba, dado que, aunque sábado, seguía siendo hora punta.Se paseó por entre los puestos de las distintas librerías, maravillándose, más que del gentío y del barullo, que, aunque lo había, le era ciertamente indiferente, cuando no incómodo, de la variedad de temáticas expuestas: en un puesto podían estar especializados en literatura infantil, y en el siguiente no era descabellado poder encontrar libros sobre esoterismo y pseudociencias. Sin embargo, ninguno de estos le llamaba la atención demasiado tiempo. Al menos, hasta que llegó al último puesto, una estructura tal vez más desgastada que las anteriores, perteneciente a una librería de la que jamás había oído hablar, y aparentemente especializada en literatura de viajes. Y ahí lo vio.
El libro. El libro que cambiaría su vida para siempre.
Continuará en el siguiente capítulo


