lunes, 16 de junio de 2014

Crónicas de un viaje involuntario (2)


Crónicas de un viaje involuntario



Una novela corta escrita y publicada por capítulos. Se aceptan sugerencias.

Disculpad la ausencia, pero he estado ocupado con los exámenes y he tenido que cesar brevemente mi producción literaria. Sin embargo, aquí está el segundo capítulo, y espero que pronto venga el tercero.

Capítulo 2. La mujer

Pasó casi un minuto hasta que Eduardo pudo despegar la vista de la portada del libro. En ella aparecía un simple paisaje urbano, pero había algo en su simplicidad, reconfortantemente familiar a la par que maravillosamente extraña, que había captado su atención de una manera difícil de describir. Simplemente, había despertado a su yo de la infancia.
Veinticinco años antes, Eduardito, hijo de la Casilda y el Julián, habitantes de toda la vida de Osuna, era un intrépido joven de trece años con ganas de comerse el mundo. Se bebía, más que leía, las enciclopedias ilustradas de la mal surtida biblioteca del pueblo, y siempre que alguien iba a la capital, a Sevilla, le pedía por favor que le trajera revistas de viajes, por las que estaba más que satisfecho de desprenderse de sus seis pesetas de paga semanal. Su padre, Julián, trabajaba de guardagujas en la estación del pueblo; de ahí le venía a Eduardito su fascinación por conocer mundo. A veces llegaba gente de sitios muy lejanos, como Madrid, o incluso Barcelona, y Eduardo apenas podía contener sus preguntas sobre cómo eran los sitios de los que venían.  Los visitantes no siempre contestaban con agrado, y a veces ni siquiera lo hacían, pero eso no frenaba al audaz joven. Simplemente, Osuna se le quedaba chica. Había explorado cada rincón del pueblo, conocía cada pequeño escondite; aquel callejón de detrás de la casa del Gregorio, donde había un hueco en la pared que daba a un descampado de otra manera inaccesible; el pequeño claro en el bosquecillo que quedaba al sur del pueblo, cubierto por aquella gran encina que proporcionaba la sombra perfecta; la pequeña cuevecilla de detrás de la fuente del pueblo… Todos aquellos rincones conocía Eduardo, así como otros muchos. Pero de entre ellos, no había ninguno tan interesante como lo que observaba en los libros. Esas puertas al mundo exterior, que quedaba de Despeñaperros para arriba, un mundo que Eduardito no creía que fuera a ver nunca.
Todo esto recordaba Eduardo mirando la portada de aquel libro. Tras aquello, su interés en el mundo exterior se había ido mitigando de alguna forma; cuando se quiso dar cuenta, estaba trabajando para Petxi en el departamento de marketing, tras haber estudiado una carrera que no le gustaba, y se había mudado a un pequeño piso de Sevilla, en Los Remedios. Y tras una serie de aburridos ascensos varios había llegado a ser jefe de departamento, pero la sensación era la misma. Aburrimiento profundo. Y mucha desazón.
Se vio bruscamente despertado de su ensimismamiento cuando la encargada del puesto, una señora de unos cuarenta años largos con una agradable sonrisa y unas enormes gafas que le quedaban a la mitad de la nariz, le preguntó:
-Disculpe, caballero, ¿va a comprar el libro? Lleva mirándolo cinco minutos.
-Oh, ¿tanto?-balbució Eduardo, un tanto sobresaltado- Es que, bueno, me ha… sorprendido la portada, es muy inspiradora.
-Oh, ya lo creo-le respondió la amable señora, con una chispa de entusiasmo en los ojos-, Marc Thornby es un maravilloso autor de literatura de viajes. Consigue que uno se sienta en el lugar que describe, y las imágenes son simplemente geniales. Le aseguro que es una auténtica joya- le sonrió cálidamente-. Si lo quiere, está sólo a 15 euros; una ganga, diría yo.
-Ya, bueno-respondió Eduardo, un poco más repuesto-, es que no traía intención de comprar nada. Pero…-volvió a mirar a la portada, permaneciendo así otros diez segundos-. Tiene usted razón, este libro parece genial. Aquí tiene.
-Oh, caballero, le aseguro que no se arrepentirá. Y, desde luego, si tiene pensado algún viaje próximamente, es la mejor compra que puede hacer.
-Pues el caso es que no soy yo muy de viajar, señorita. Aunque… ¿sabe qué le digo? Puede que haga una excepción.
Tras pagar por el libro, y decidiendo que el paseo podía esperar, regresó a su casa con el libro en sus manos, esta vez andando. Se le ocurrió mirar la contraportada, y observó, sorprendido, que la sinopsis era extremadamente breve. Decía “Descubra nuevos lugares. Aventúrese. Conozca. Disfrute de su vida, no la desaproveche. Viaje”. Definitivamente, una sinopsis de lo más singular.
Aunque también le llamó la atención la etiqueta. Tenía impreso el nombre de la librería, en el cual no había reparado hasta ahora. “Librería La escapada”. También tenía un número de teléfono. Eduardo sacó el móvil y la buscó en Google: se trataba de un pequeño comercio escondido en las callejuelas que serpentean alrededor de la Plaza Nueva, con un definitivo encanto de librería clásica. Resultaba que, aunque la literatura de viajes era su especialidad, también tenían relatos de ficción, sobre todo de ciencia ficción.
En ese momento, una idea empezó a flotar en la idea de Eduardo. Intentó deshacerse de ella, pero cada vez era más fuerte, hasta el punto en que parecía ser incluso una buena idea.
-Debo estar absolutamente loco-, dijo en voz baja. Abrió la aplicación de llamadas y marcó el número.
-Librería La escapada, ¿dígame?- contestó una amable voz femenina.

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