domingo, 4 de mayo de 2014

Las flores en una mano.

Hablemos de un puñado de rosas rojas que se destiñeron dentro del jarrón cuando el agua las cubrió por completo, hablemos de aquel chico que se quedó sin sus flores. El rojo se convirtió en rosado, y más tarde en un blanco roto que jamás hubiese parecido arder en pasión. Con las flores en una mano y el jarrón en la otra, aquel que moría por dentro caminó durante quién sabe cuanto. Al principio las ya algo marchitas rosas goteaban de aquello que se asemejaba a la sangre, al cabo de un rato los tallos se doblaron tanto que los enfermizos pétalos no se mantenían erguidos. Y como un completo demente se prendió fuego a si mismo en el andén de la carretera, las chispas del deseo que experimentó la primera vez que sus ojos, malditos ojos grises,  penetraron en las profundidades de su alma.

Marieta.

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