Conocimos a Verde en la noche del tres de Mayo de hace más de veinte años. Estaba en cuclillas, llorando en soledad, en una esquina de la callejuela detrás de nuestro bar de siempre. Lloraba, y golpeaba la pared en la que se apoyaba con sus finos dedos. Los dedos de Verde siempre me han llamado la atención.
Max fue quien se aventuró a preguntarle su nombre. Había visto a Verde porque había salido fuera a fumar, y quiso ayudar. Parecía una oveja perdida cuyo pastor se había ido de juerga y, por supuesto, nos dió pena. No me acuerdo de su nombre, pero Verde se le quedó por el color llamativo de sus ojos.
Sin duda, eran los ojos más verdes que habíamos visto jamás: parecían de cuento de hadas.
Invitamos a Verde a levantarse, primero, y luego a sentarse con nosotros. Al principio se hizo un silencio sepulcral: parecía que todo el bar estaba en silencio, expectante por saber qué le ocurría a Verde. Y, sin que nadie lo pidiera, nos empezó a hablar.
Su voz era suave pero firme. Al principio miraba sus manos, apretadas sobre la mesa, como si estuviera amasando algo. Después, sus ojos comenzaron a brillar. Con cada palabra, parecía reafirmarse en su persona.
¿Sabes cuando decimos que una persona nos cuenta su vida, refiriéndonos a que habla mucho y es muy pesada?
Verde consiguió que todos en el bar escuchasen su historia. Sin embargo, no era una normal. Verde empezó a resplandecer como si fuera algún tipo de juguete que brilla en la oscuridad. Pasamos de ser los que intentaban ayudarla haciendo que hablase a quedar fascinados por cómo ella nos contaba sus historias, intentando que nos resultasen entretenidas.
No dijo ni una sola palabra que fuera verdad; eso lo sabíamos todos. Pero nos habló de la magia, de los elefantes rosas, de las flores de invierno y del lugar donde van a parar todas las pestañas sopladas.
Sembró inquietudes y nosotros nos dedicamos a comentarlas. Y, de repente, de un momento a otro, no estaba. Se había ido, dejándonos debatiendo sobre el sitio de residencia del ratoncito Pérez.
Aquella noche, nosotros habíamos querido ayudar a Verde, pero, al final, Verde fue quien realmente nos ayudó a nosotros.
Nunca más volvimos a ver a Verde.
Más que jóvenes
miércoles, 24 de mayo de 2017
domingo, 18 de diciembre de 2016
¡Pobre calle!
En una calle de mi pueblo
ayer se cometió un asesinato
y ahora todos la evitan
y buscan como locos cualquier atajo.
Las farolas alumbran con todas sus ganas
por si acaso alguien pasara
y el muro viste sus mejores galas
por si acaso alguien pasara
pero nadie nunca pisa
pero nadie nunca pasa
por la carretera vieja,
soledad es lo que acompaña
a la pobre calle triste
a la pobre calle desamparada.
¿Qué culpa tuvo ella?
¡La pobre calle no hizo nada!
Y han pasado ya diez años
y sigue igual de solitaria.
Los pueblerinos la llaman la maldita,
la del mal de ojo,
la del sano congojo,
¡pero si ella nunca hizo nada!
¡pobre calle! ¡qué mala pata!
Ya los niños nunca juegan
y los jóvenes se la saltan
nadie recuerda ni por qué
pero la nostálgica acera
no ha vuelto a ver un pie.
¡Pobre calle! ¡Y no hizo nada!
Y ahora nadie sabrá nunca
que desde la carretera se ve la Luna
tan brillante como en los sueños de los locos
y nadie sabrá nunca
que en la carretera están los mejores baches
que convierten en adrenalina cualquier viaje.
Y ahora siempre será un misterio,
porque si por aquí alguien pasara,
les diría ¡mirad al cielo!
no hay ni una estrella
pobre calle, qué aburrimiento…
Y sin embargo
lo que nadie sabe
es que allí sigue el culpable;
quince años lleva ya
y como nadie quiere por allí pasar
la vieja calle se hizo cómplice
sin quererlo ni beberlo
¡pobre calle! ¡menudo cuento!
lunes, 21 de noviembre de 2016
Resfriado mortal
Estoy muerto.
Y digo muerto y no muerta,
a pesar de que antes revisé mis pantalones y nada había cambiado,
pero siempre un montón de muertos se dice en masculino
y yo me siento un plural de cadáveres
ahora mismo.
Con todos sus cerebros podridos
y olores asquerosos
y resacas de la vida
y cuencas vacías,
sin piel y en los huesos,
sin hambre y con mucho sueño,
Yo me siento un plural de muertos
y no es culpa de nadie sino mía
por no dormir en todo el día
por dejar que las dudas coman mi cabeza
por dejar que me vomiten las señoras de la casa vecina
que, personalmente, no me hicieron nada
pero, ¡joder que si gritan!
y su vómito es moco y proteínas
y yo me siento así en este día
además de un plural de muertos,
que no es otra cosa que gente que ya no vive,
¡como yo!
que no usan sus intestinos
porque algún bicho se los habrá comido,
y los míos no responden
así que se lo he atribuido
a las mariposas que cierta persona me causa,
lo sé, suena jodido,
lo es, espera, que sigo;
me siento un conjunto de difuntos,
toso, respiro fuerte, y eso que no fumo,
de verdad mamá, lo juro,
jamás fumaría, es más
¿quién querría?
sólo sirve para ennegrecer pulmones
y los míos ya no respiran,
porque os recuerdo, amigos míos, que estoy muerto,
y por consiguiente adquiero todas las ventajas,
colegas gusanos nuevos, dormir todo el día,
sin que nadie me riña quedarme en las musarañas,
casa que no está hipotecada,
donde hay salón, cocina, cuarto de baño y tele de plasma,
soy multifuncional, que pena que no lo podáis comprobar,
porque ya sabéis, estoy muerto,
¡qué pena!
mi funeral es ya,
¡ay, rosas! qué gran acierto
gran necrológica, te lo agradezco,
ahora todos hablan bien de mí,
¡qué pena que estoy muerto
y no puedo escuchar sus halagos de luto,
ni sus lágrimas caer al suelo!
¡qué lástima!
¡me muero!
A ver si es verdad,
porque este resfriado
yo no lo aguanto más.
Y digo muerto y no muerta,
a pesar de que antes revisé mis pantalones y nada había cambiado,
pero siempre un montón de muertos se dice en masculino
y yo me siento un plural de cadáveres
ahora mismo.
Con todos sus cerebros podridos
y olores asquerosos
y resacas de la vida
y cuencas vacías,
sin piel y en los huesos,
sin hambre y con mucho sueño,
Yo me siento un plural de muertos
y no es culpa de nadie sino mía
por no dormir en todo el día
por dejar que las dudas coman mi cabeza
por dejar que me vomiten las señoras de la casa vecina
que, personalmente, no me hicieron nada
pero, ¡joder que si gritan!
y su vómito es moco y proteínas
y yo me siento así en este día
además de un plural de muertos,
que no es otra cosa que gente que ya no vive,
¡como yo!
que no usan sus intestinos
porque algún bicho se los habrá comido,
y los míos no responden
así que se lo he atribuido
a las mariposas que cierta persona me causa,
lo sé, suena jodido,
lo es, espera, que sigo;
me siento un conjunto de difuntos,
toso, respiro fuerte, y eso que no fumo,
de verdad mamá, lo juro,
jamás fumaría, es más
¿quién querría?
sólo sirve para ennegrecer pulmones
y los míos ya no respiran,
porque os recuerdo, amigos míos, que estoy muerto,
y por consiguiente adquiero todas las ventajas,
colegas gusanos nuevos, dormir todo el día,
sin que nadie me riña quedarme en las musarañas,
casa que no está hipotecada,
donde hay salón, cocina, cuarto de baño y tele de plasma,
soy multifuncional, que pena que no lo podáis comprobar,
porque ya sabéis, estoy muerto,
¡qué pena!
mi funeral es ya,
¡ay, rosas! qué gran acierto
gran necrológica, te lo agradezco,
ahora todos hablan bien de mí,
¡qué pena que estoy muerto
y no puedo escuchar sus halagos de luto,
ni sus lágrimas caer al suelo!
¡qué lástima!
¡me muero!
A ver si es verdad,
porque este resfriado
yo no lo aguanto más.
martes, 15 de noviembre de 2016
Confesión
Señoras y señores
vengo a hacerles una confesión.
Es la siguiente:
No creo en el amor.
Y sé que suena duro, soy joven, tengo 17 años y
mírala, ¡ya no cree en el amor!
Casi puedo sentir cómo alzáis las cejas y me miráis escépticos al decir esto.
No, señores. Yo no creo en el amor.
Porque creo en algo mucho más poderoso, mucho más real, que necesita mucho más mi apoyo porque pocas personas escriben canciones sobre esto.
Yo creo en la magia.
La magia de un gesto
la magia de unos ojos
la magia de un "anda, quédate"
la magia de un plato casero
la magia de un beso en la mejilla, porque sí.
La magia del agua calentita en la ducha cuando tienes mucho frío.
La magia de una mirada
que suena a tópico, sí, pero eso es porque no entendéis esa magia.
La magia de los cinco minutos más.
La magia de las risas sinceras.
La magia del olor de ciertas personas. Y sabes que son ciertas personas.
La magia de recibir un mensaje con esa firma especial.
La magia de acurrucarse y quedarse dormida.
La magia de las comedias románticas en compañía.
La magia de lo inesperado: "¡es para mañana, no para hoy!"
La magia del pelo mojado en verano que se seca con el sol de las siete de la tarde.
La magia de cruzar todos los semáforos en verde.
La magia de volar en bicicleta.
La magia de un éxito esperado.
de los sueños realizados.
de las mejillas sonrojadas, sin maquillaje
(y tantas jotas, que son tres, pero ya son muchas)
La magia de un disfraz en cualquier época del año.
La magia de un recuerdo
que aunque amargo, todos los recuerdos son, a su manera, mágicos.
La magia de la inspiración.
La magia de un encuentro inesperado.
La magia de un "¡tía! ¡que hoy sí que vamos!"
La magia de abrir un regalo con emoción
sin saber lo que hay dentro, no importa, sólo rasgar el envoltorio con apremio.
La magia de un desafío.
La magia de un cuento contado al oído, un cuento contado al vacío, un cuento improvisado.
La magia de una mueca significativa.
La magia de una oportunidad para vivir una experiencia nueva.
La magia de conocer gente e irse a vivir fuera (no necesariamente en ese orden)
La magia de hablar otro idioma, ¡y que te entiendan!
La magia de las mantas calentitas.
La magia del abrazo que te hace entrar en calor.
Su magia.
Mis queridos amigos.
Tengo 17 años y no creo en el amor,
porque no me hace falta.
Para eso, yo ya tengo la magia.
Clara.
vengo a hacerles una confesión.
Es la siguiente:
No creo en el amor.
Y sé que suena duro, soy joven, tengo 17 años y
mírala, ¡ya no cree en el amor!
Casi puedo sentir cómo alzáis las cejas y me miráis escépticos al decir esto.
No, señores. Yo no creo en el amor.
Porque creo en algo mucho más poderoso, mucho más real, que necesita mucho más mi apoyo porque pocas personas escriben canciones sobre esto.
Yo creo en la magia.
La magia de un gesto
la magia de unos ojos
la magia de un "anda, quédate"
la magia de un plato casero
la magia de un beso en la mejilla, porque sí.
La magia del agua calentita en la ducha cuando tienes mucho frío.
La magia de una mirada
que suena a tópico, sí, pero eso es porque no entendéis esa magia.
La magia de los cinco minutos más.
La magia de las risas sinceras.
La magia del olor de ciertas personas. Y sabes que son ciertas personas.
La magia de recibir un mensaje con esa firma especial.
La magia de acurrucarse y quedarse dormida.
La magia de las comedias románticas en compañía.
La magia de lo inesperado: "¡es para mañana, no para hoy!"
La magia del pelo mojado en verano que se seca con el sol de las siete de la tarde.
La magia de cruzar todos los semáforos en verde.
La magia de volar en bicicleta.
La magia de un éxito esperado.
de los sueños realizados.
de las mejillas sonrojadas, sin maquillaje
(y tantas jotas, que son tres, pero ya son muchas)
La magia de un disfraz en cualquier época del año.
La magia de un recuerdo
que aunque amargo, todos los recuerdos son, a su manera, mágicos.
La magia de la inspiración.
La magia de un encuentro inesperado.
La magia de un "¡tía! ¡que hoy sí que vamos!"
La magia de abrir un regalo con emoción
sin saber lo que hay dentro, no importa, sólo rasgar el envoltorio con apremio.
La magia de un desafío.
La magia de un cuento contado al oído, un cuento contado al vacío, un cuento improvisado.
La magia de una mueca significativa.
La magia de una oportunidad para vivir una experiencia nueva.
La magia de conocer gente e irse a vivir fuera (no necesariamente en ese orden)
La magia de hablar otro idioma, ¡y que te entiendan!
La magia de las mantas calentitas.
La magia del abrazo que te hace entrar en calor.
Su magia.
Mis queridos amigos.
Tengo 17 años y no creo en el amor,
porque no me hace falta.
Para eso, yo ya tengo la magia.
Clara.
lunes, 17 de octubre de 2016
Escapemos
Escapemos a algún sitio.
No tiene por qué ser lejos.
Escapemos al bar de al lado.
¡No me importa!
Viajemos
cogidos de las manos.
Demos vueltas de 360º
para acabar en el mismo sitio,
pero al menos, lo hicimos:
escapamos.
Escapemos a algún lugar nuevo.
Vayamos a lo lejano.
Descubramos el mundo otra vez.
Busquemos lo imposible.
Tropecemos con lo inesperado.
Deseemos lo más grande
para quedarnos con lo mediano.
¡No me importa!
Al menos,
aunque fuera por un rato
y en terreno imaginario, lo hicimos:
escapamos.
No tiene por qué ser lejos.
Escapemos al bar de al lado.
¡No me importa!
Viajemos
cogidos de las manos.
Demos vueltas de 360º
para acabar en el mismo sitio,
pero al menos, lo hicimos:
escapamos.
Escapemos a algún lugar nuevo.
Vayamos a lo lejano.
Descubramos el mundo otra vez.
Busquemos lo imposible.
Tropecemos con lo inesperado.
Deseemos lo más grande
para quedarnos con lo mediano.
¡No me importa!
Al menos,
aunque fuera por un rato
y en terreno imaginario, lo hicimos:
escapamos.
martes, 24 de mayo de 2016
Esperanza
¿Y qué, qué nos queda?
Ya no puedo contar las estrellas, ya no puedo resetear mi
vida. Ya no puedo volar hasta el horizonte porque no tendré tiempo para volver.
Ya se acabaron las sonrisas, se secaron las lágrimas, se
paró la brisa y tú sigues ahí,
en calma.
¿Por qué?
La vida ya no sigue, no tenemos otro día y esta noche será
la última. Las estrellas brillarán por última vez, el Sol ya no me volverá a
mirar y la Luna se despedirá de mí poniéndose de luto. El cielo ya no será azul
y las nubes se volverán negras; ya jamás podré elegir, jamás podré decidir; esa
presión sobre mis hombros desaparecerá y el cuervo que amenazaba con picotearme
la cabeza se irá de mi espalda; la duda escapará y los sueños perderán el
aliento que los mantenía con vida. Los recuerdos florecerán, y mi mente se
alumbrará, y entonces no quedará nada, nada, porque mis ojos ya no verán, mis
oídos no escucharán y mis labios no volverán a tocarte, y todo, todo,
porque perdí la esperanza.
Y suena grande cuando la tenemos; como ese familiar que
nunca esperamos que muera, como ese peluche que confiamos en que jamás se
extravíe, que no se caiga en el camino, como ese futuro incierto; suena tan
grande, que no la creemos, y la ignoramos, pero ella está ahí, acechando,
ayudándonos a caminar, tendiéndonos la mano cuando nos vamos a caer, poniendo
rectas nuestras piernas cuando parezca que vamos directos al vacío.
Y te diré una cosa; ella no es Dios, como muchos creen.
Ella eres tú.
Y ojala nunca te pierda.
Porque mientras quede un latido en un corazón, una mirada en
unos ojos húmedos, una palabra en unos labios, una sonrisa en un rostro;
mientras quede algo, cualquier cosa, ella, tú, siempre lo animarás, lo
revivirás; serás parte de él.
Puede que te vuelvas adicto a ser esperanza.
Puede que eso no sea tan malo.
martes, 12 de abril de 2016
No sé
No sé, no sé, no sé;
juro que no sé nada
por no saber, no sé ni como me llamo;
si tengo alma;
si soy algo;
si soy mala.
No sé casi nada
sé muy pocas cosas
y todo lo que sé lo sé porque me lo contaron.
Pero aparte de eso, no sé nada.
Sé cómo son las estrellas
las literales y las figuradas.
Sé como es el amor
el literal y el figurado.
Sé cómo eres tú
o al menos puedo imaginarlo.
Sé que actúo como si me importara,
pero,
¿qué más sé?
¡Nada!
juro que no sé nada
por no saber, no sé ni como me llamo;
si tengo alma;
si soy algo;
si soy mala.
No sé casi nada
sé muy pocas cosas
y todo lo que sé lo sé porque me lo contaron.
Pero aparte de eso, no sé nada.
Sé cómo son las estrellas
las literales y las figuradas.
Sé como es el amor
el literal y el figurado.
Sé cómo eres tú
o al menos puedo imaginarlo.
Sé que actúo como si me importara,
pero,
¿qué más sé?
¡Nada!
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