¿Y qué, qué nos queda?
Ya no puedo contar las estrellas, ya no puedo resetear mi
vida. Ya no puedo volar hasta el horizonte porque no tendré tiempo para volver.
Ya se acabaron las sonrisas, se secaron las lágrimas, se
paró la brisa y tú sigues ahí,
en calma.
¿Por qué?
La vida ya no sigue, no tenemos otro día y esta noche será
la última. Las estrellas brillarán por última vez, el Sol ya no me volverá a
mirar y la Luna se despedirá de mí poniéndose de luto. El cielo ya no será azul
y las nubes se volverán negras; ya jamás podré elegir, jamás podré decidir; esa
presión sobre mis hombros desaparecerá y el cuervo que amenazaba con picotearme
la cabeza se irá de mi espalda; la duda escapará y los sueños perderán el
aliento que los mantenía con vida. Los recuerdos florecerán, y mi mente se
alumbrará, y entonces no quedará nada, nada, porque mis ojos ya no verán, mis
oídos no escucharán y mis labios no volverán a tocarte, y todo, todo,
porque perdí la esperanza.
Y suena grande cuando la tenemos; como ese familiar que
nunca esperamos que muera, como ese peluche que confiamos en que jamás se
extravíe, que no se caiga en el camino, como ese futuro incierto; suena tan
grande, que no la creemos, y la ignoramos, pero ella está ahí, acechando,
ayudándonos a caminar, tendiéndonos la mano cuando nos vamos a caer, poniendo
rectas nuestras piernas cuando parezca que vamos directos al vacío.
Y te diré una cosa; ella no es Dios, como muchos creen.
Ella eres tú.
Y ojala nunca te pierda.
Porque mientras quede un latido en un corazón, una mirada en
unos ojos húmedos, una palabra en unos labios, una sonrisa en un rostro;
mientras quede algo, cualquier cosa, ella, tú, siempre lo animarás, lo
revivirás; serás parte de él.
Puede que te vuelvas adicto a ser esperanza.
Puede que eso no sea tan malo.
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