Una novela corta escrita y publicada por capítulos. Se aceptan sugerencias.
Disculpad la ausencia, pero he estado ocupado con los exámenes y he tenido que cesar brevemente mi producción literaria. Sin embargo, aquí está el segundo capítulo, y espero que pronto venga el tercero.
Pasó casi un minuto hasta que Eduardo pudo despegar la vista
de la portada del libro. En ella aparecía un simple paisaje urbano, pero había
algo en su simplicidad, reconfortantemente familiar a la par que
maravillosamente extraña, que había captado su atención de una manera difícil
de describir. Simplemente, había despertado a su yo de la infancia.
Veinticinco años antes, Eduardito, hijo de la Casilda y el
Julián, habitantes de toda la vida de Osuna, era un intrépido joven de trece
años con ganas de comerse el mundo. Se bebía, más que leía, las enciclopedias
ilustradas de la mal surtida biblioteca del pueblo, y siempre que alguien iba a
la capital, a Sevilla, le pedía por favor que le trajera revistas de viajes,
por las que estaba más que satisfecho de desprenderse de sus seis pesetas de
paga semanal. Su padre, Julián, trabajaba de guardagujas en la estación del
pueblo; de ahí le venía a Eduardito su fascinación por conocer mundo. A veces
llegaba gente de sitios muy lejanos, como Madrid, o incluso Barcelona, y
Eduardo apenas podía contener sus preguntas sobre cómo eran los sitios de los
que venían. Los visitantes no siempre
contestaban con agrado, y a veces ni siquiera lo hacían, pero eso no frenaba al
audaz joven. Simplemente, Osuna se le quedaba chica. Había explorado cada
rincón del pueblo, conocía cada pequeño escondite; aquel callejón de detrás de
la casa del Gregorio, donde había un hueco en la pared que daba a un descampado
de otra manera inaccesible; el pequeño claro en el bosquecillo que quedaba al
sur del pueblo, cubierto por aquella gran encina que proporcionaba la sombra
perfecta; la pequeña cuevecilla de detrás de la fuente del pueblo… Todos
aquellos rincones conocía Eduardo, así como otros muchos. Pero de entre ellos,
no había ninguno tan interesante como lo que observaba en los libros. Esas
puertas al mundo exterior, que quedaba de Despeñaperros para arriba, un mundo
que Eduardito no creía que fuera a ver nunca.
Todo esto recordaba Eduardo mirando la portada de aquel
libro. Tras aquello, su interés en el mundo exterior se había ido mitigando de
alguna forma; cuando se quiso dar cuenta, estaba trabajando para Petxi en el departamento
de marketing, tras haber estudiado una carrera que no le gustaba, y se había
mudado a un pequeño piso de Sevilla, en Los Remedios. Y tras una serie de
aburridos ascensos varios había llegado a ser jefe de departamento, pero la
sensación era la misma. Aburrimiento profundo. Y mucha desazón.
Se vio bruscamente despertado de su ensimismamiento cuando
la encargada del puesto, una señora de unos cuarenta años largos con una
agradable sonrisa y unas enormes gafas que le quedaban a la mitad de la nariz,
le preguntó:
-Disculpe, caballero, ¿va a comprar el libro? Lleva
mirándolo cinco minutos.
-Oh, ¿tanto?-balbució Eduardo, un tanto sobresaltado- Es
que, bueno, me ha… sorprendido la portada, es muy inspiradora.
-Oh, ya lo creo-le respondió la amable señora, con una
chispa de entusiasmo en los ojos-, Marc Thornby es un maravilloso autor de
literatura de viajes. Consigue que uno se sienta en el lugar que describe, y
las imágenes son simplemente geniales. Le aseguro que es una auténtica joya- le
sonrió cálidamente-. Si lo quiere, está sólo a 15 euros; una ganga, diría yo.
-Ya, bueno-respondió Eduardo, un poco más repuesto-, es que
no traía intención de comprar nada. Pero…-volvió a mirar a la portada,
permaneciendo así otros diez segundos-. Tiene usted razón, este libro parece
genial. Aquí tiene.
-Oh, caballero, le aseguro que no se arrepentirá. Y, desde
luego, si tiene pensado algún viaje próximamente, es la mejor compra que puede
hacer.
-Pues el caso es que no soy yo muy de viajar, señorita.
Aunque… ¿sabe qué le digo? Puede que haga una excepción.
Tras pagar por el libro, y decidiendo que el paseo podía
esperar, regresó a su casa con el libro en sus manos, esta vez andando. Se le
ocurrió mirar la contraportada, y observó, sorprendido, que la sinopsis era
extremadamente breve. Decía “Descubra
nuevos lugares. Aventúrese. Conozca. Disfrute de su vida, no la desaproveche.
Viaje”. Definitivamente, una sinopsis de lo más singular.
Aunque también le llamó la atención la etiqueta. Tenía
impreso el nombre de la librería, en el cual no había reparado hasta ahora. “Librería
La escapada”. También tenía un número de teléfono. Eduardo sacó el móvil y la
buscó en Google: se trataba de un pequeño comercio escondido en las callejuelas
que serpentean alrededor de la Plaza Nueva, con un definitivo encanto de
librería clásica. Resultaba que, aunque la literatura de viajes era su
especialidad, también tenían relatos de ficción, sobre todo de ciencia ficción.
En ese momento, una idea empezó a flotar en la idea de
Eduardo. Intentó deshacerse de ella, pero cada vez era más fuerte, hasta el
punto en que parecía ser incluso una buena idea.
-Debo estar absolutamente loco-, dijo en voz baja. Abrió la
aplicación de llamadas y marcó el número.
-Librería La escapada, ¿dígame?- contestó una amable voz
femenina.