El vehículo avanza a paso firme por la carretera, el caucho vulcanizado de sus neumáticos apenas besando el asfalto antes de separarse de nuevo irremediablemente por obra de su rotatorio frenesí. Al volante, que no al control, de este vehículo se encontraba Gustavo Heredia. Para estar al control del coche primero debería controlar su propia vida, y esa tiempo ha que estaba bajo el yugo de sus interminables deudas.
Señal azul con marco blanco: Despeñaperros 3. Kilómetros, claro.
El coche era el único vehículo sobre aquella carretera a pleno mediodía de un jueves. Hacía tiempo que Gustavo no se paraba a reflexionar detenidamente sobre su rumbo; como el coche, parecía que había estado guiada por un camino establecido, sea la carretera en un caso o los convencionalismos vitales en el otro.
Atención: tramo de concentración de accidentes en 500 metros. Curvas pronunciadas.
El motor del antiguo coche rugía bajo el capó, como un león que, aunque ya mayor, sigue presentando guerra. No así Gustavo.
Cuando llegó a la primera curva a la derecha, pegó un firme volantazo a la izquierda.
Y voló.
E hizo al coche volar. Y él voló lejos del coche.
Voló, y se sintió al fin liberado, viendo la arboleda aproximarse bajo su cuerpo.
Y cuando se estrelló contra el árido suelo montañoso, se sentía, por primera vez en mucho tiempo, libre.
Con este texto quería experimentar un poco; no suelo escribir cosas en tono trascendental, ni de manera metafórica, sino en un estilo novelesco. No obstante, me apetecía intentar algo nuevo.
domingo, 15 de junio de 2014
sábado, 24 de mayo de 2014
Nubes borrachas de amor.
Prefería abrir la puerta directa al infierno que la que encerraba al olvido.
Prefería morir lentamente, entre un par de caladas de aire, que sin tiempo para decir adiós.
Y larga vida a las risas que hacían eco entre las nubes borrachas de amor.
Marieta.
Prefería morir lentamente, entre un par de caladas de aire, que sin tiempo para decir adiós.
Y larga vida a las risas que hacían eco entre las nubes borrachas de amor.
Marieta.
domingo, 4 de mayo de 2014
Las flores en una mano.
Hablemos de un puñado de rosas rojas que se destiñeron dentro del jarrón cuando el agua las cubrió por completo, hablemos de aquel chico que se quedó sin sus flores. El rojo se convirtió en rosado, y más tarde en un blanco roto que jamás hubiese parecido arder en pasión. Con las flores en una mano y el jarrón en la otra, aquel que moría por dentro caminó durante quién sabe cuanto. Al principio las ya algo marchitas rosas goteaban de aquello que se asemejaba a la sangre, al cabo de un rato los tallos se doblaron tanto que los enfermizos pétalos no se mantenían erguidos. Y como un completo demente se prendió fuego a si mismo en el andén de la carretera, las chispas del deseo que experimentó la primera vez que sus ojos, malditos ojos grises, penetraron en las profundidades de su alma.
Marieta.
Marieta.
viernes, 11 de abril de 2014
jueves, 10 de abril de 2014
Palabras de amor.
Maldito día, malditas fechas. ¿Por
qué? Si yo te quiero igual, si los botones de mi blusa se estremecen
cuando oyen tu nombre cualquier día de la semana, si el invierno no
es tan frío, no es tan triste. ¿Nos queremos? Todos quieren, todos
son personas. ¿No está hecho el ser humano para depender de otro
ser humano? Pierdes el tiempo, querida Luna, girando al rededor del
planeta Tierra, él solo tiene ojos para el engreído Sol. Maldito y
desagradecido planeta Tierra, que ella te quiere durante los 365 días
en los que tú no haces más que desvivirte por aquel que solo te
trata como a uno más. 14 de febrero, 45 de abril. ¿Qué más da?
Si yo te quiero igual. Seguimos adelante, solo es una noche como otra
cualquiera. Y las palabras, oh, ingenuas palabras de amor que creen
rebosar de significado cuando en realidad son las mismas de siempre.
Un paso menos, un paso más. ¿Lo entiendes? Es fácil. Que yo te
quiero igual.
Marieta.
martes, 8 de abril de 2014
Vista optimista de la vida
Miras a tu alrededor y sonríes. El mundo vibra con luz y color propios, destellos de brillantez y calidez, de alguien que siempre está a tu lado para echarte una mano, de un florido árbol en su máximo esplendor, de un niño que te mira y sonríe porque ve que estás alegre. Que eres feliz. Porque la brisa te acaricia el rostro al caminar, tan sólo cierras los ojos, te paras y disfrutas de esa maravillosa sensación. Todo el mundo a tu alrededor parece familiar, cercano, espléndido. Y mientras estás parado, encuentras esa felicidad interior, y te das cuenta de que, en realidad, nunca la has perdido. Siempre ha estado ahí, contigo.
Abres los ojos y prosigues tu camino, solo que ahora eres un poco más feliz.
Abres los ojos y prosigues tu camino, solo que ahora eres un poco más feliz.
Más fácil
¿No es más fácil parar?
Abandonar... esa dulce tentación epicúrea de la Nada.
La lenta e ignorante muerte en el desconocimiento.
Esa falsa idea de felicidad que te atrae a la irracionalidad, que aleja a tu conciencia de la, a veces, triste y severa sinceridad de la realidad.
Teresa Ángela
Abandonar... esa dulce tentación epicúrea de la Nada.
La lenta e ignorante muerte en el desconocimiento.
Esa falsa idea de felicidad que te atrae a la irracionalidad, que aleja a tu conciencia de la, a veces, triste y severa sinceridad de la realidad.
Teresa Ángela
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