jueves, 10 de abril de 2014

Palabras de amor.

Maldito día, malditas fechas. ¿Por qué? Si yo te quiero igual, si los botones de mi blusa se estremecen cuando oyen tu nombre cualquier día de la semana, si el invierno no es tan frío, no es tan triste. ¿Nos queremos? Todos quieren, todos son personas. ¿No está hecho el ser humano para depender de otro ser humano? Pierdes el tiempo, querida Luna, girando al rededor del planeta Tierra, él solo tiene ojos para el engreído Sol. Maldito y desagradecido planeta Tierra, que ella te quiere durante los 365 días en los que tú no haces más que desvivirte por aquel que solo te trata como a uno más. 14 de febrero, 45 de abril. ¿Qué más da? Si yo te quiero igual. Seguimos adelante, solo es una noche como otra cualquiera. Y las palabras, oh, ingenuas palabras de amor que creen rebosar de significado cuando en realidad son las mismas de siempre. Un paso menos, un paso más. ¿Lo entiendes? Es fácil. Que yo te quiero igual.  


Marieta.

martes, 8 de abril de 2014

Vista optimista de la vida

Miras a tu alrededor y sonríes. El mundo vibra con luz y color propios, destellos de brillantez y calidez, de alguien que siempre está a tu lado para echarte una mano, de un florido árbol en su máximo esplendor, de un niño que te mira y sonríe porque ve que estás alegre. Que eres feliz. Porque la brisa te acaricia el rostro al caminar, tan sólo cierras los ojos, te paras y disfrutas de esa maravillosa sensación. Todo el mundo a tu alrededor parece familiar, cercano, espléndido. Y mientras estás parado, encuentras esa felicidad interior, y te das cuenta de que, en realidad, nunca la has perdido. Siempre ha estado ahí, contigo.

Abres los ojos y prosigues tu camino, solo que ahora eres un poco más feliz.

Más fácil

¿No es más fácil parar?
Abandonar... esa dulce tentación epicúrea de la Nada.
La lenta e ignorante muerte en el desconocimiento.
Esa falsa idea de felicidad que te atrae a la irracionalidad, que aleja a tu conciencia de la, a veces, triste y severa sinceridad de la realidad.

Teresa Ángela

lunes, 24 de marzo de 2014

Crónicas de un viaje involuntario

Crónicas de un viaje involuntario

Una novela corta escrita y publicada por capítulos. Se aceptan sugerencias.

Capítulo 1. El libro

La tenue luz del nublado día de noviembre se proyectaba sobre la pared del fondo a través de los amplios ventanales de la habitación. La respiración sosegada, apenas audible, ascendía de la cama sin hacer. La puerta, a la derecha, daba a un pasillo sin iluminar, ya que nadie había salido aún de la cama. Aquel día no era laborable, claro; si no, poca gente quedaría en la casa a las diez de la mañana. El río Guadalquivir, visible en todo su esplendor desde la cálida comodidad del interior de las sábanas, aparecía levemente difuminado por la tenue niebla que, perezosa, se había levantado aquel día. Eduardo Martínez, desde la cama antes mencionada, no podía sino admirar a la gente que paseaba, animada, por el paseo de las Delicias, que discurría paralelamente al río, como si de su hermano gemelo de asfalto y cemento se tratase, aunque estaba animado por el incesante tráfico de automóviles que lo surcaba, dado que, aunque sábado, seguía siendo hora punta.

Saliendo de esta apatía, se incorporó sobre la cama. Se frotó los ojos; en realidad, no hacía más de diez minutos que estaba despierto. Comprobó la hora en el reloj de la pared, el típico lento y concienzudo desgranador de segundos que se puede observar en cualquier oficina o aula, y se incorporó sobre su cama. Se puso en pie y avanzó por el pasillo, que se hallaba en penumbra, sin molestarse en encender la luz, y empezó a preparar el desayuno en la fría cocina de suelo de mármol. Una tostada con aceite y jamón serrano levanta el ánimo a cualquiera, pensó. Eduardo, que no pasaba de cuarenta pero sí de treinta y cinco, era un hombre de mediana estatura, de pelo castaño con alguna cana temprana y unas incipientes entradas a sendos lados de la cabeza. Su cara destacaba por lo completa y asombrosamente anodina que era; ninguno de sus rasgos, desde sus caídos ojos castaños hasta sus arrugas del entrecejo, llamaban en absoluto la atención. Ni siquiera su forma física, bastante baja, ensalzaba esta completa cotidianidad. Se podría decir que Eduardo era un simple trabajador más de una gran cadena multinacional, que vivía sin pena ni gloria en una época en la que el individualismo parecía ser la norma. Y en efecto, ni siquiera en esto se salía nuestro protagonista de ella, ya que sus padres vivían lejos, en Bilbao, y sólo los veía una vez cada dos meses, y la última vez que había tenido novia aún podía correr diez kilómetros sin cansarse. Cuando hubo terminado de desayunar, recogió el plato de la mesa, en el centro de la cocina, y lo metió en el lavavajillas. Por la ventana, que daba en esta habitación a Puerta de Jerez, una de las plazas más bonitas de la capital hispalense. Desde esa ventana también se divisaban los Jardines del Cristina, así como el hotel Alfonso XIII y el Palacio de San Telmo. Curiosamente, esta mañana se detuvo a observar todo esto, a pesar de que normalmente lo ignoraba, ya que lo había normalizado absolutamente. Y, como quien no quiere la cosa, y sin venir a cuento, decidió dar un paseo. Entró en el espacioso salón a través del arco que separaba las dos estancias y, cogiendo su chaqueta del lujoso perchero de caoba pulida, salió al descansillo. Cerró la puerta con llave y bajó, con mejor ánimo que de costumbre, los seis tramos de escalera que llegaban hasta la planta baja. Presentía de alguna manera que aquel día iba a ser especial. Llegó a la parada del Metrocentro justo cuando iba a salir hacia Plaza Nueva, destino que eligió como inicio de su paseo, y tras siete minutos en un medio al que no estaba para nada acostumbrado, el transporte público, llegó a la última parada. Solo que, en estas fechas, Plaza Nueva era el lugar en el que se celebraba la Feria del Libro de la ciudad, y había coincidido con ella sin siquiera tener noticia de que se celebraba entonces. Bien es cierto que acababa de empezar, y que en el trabajo, una de sus pocas ocasiones fuera de casa, no eran grandes aficionados a la literatura, pero aún así le impactó no haberse enterado.


Se paseó por entre los puestos de las distintas librerías, maravillándose, más que del gentío y del barullo, que, aunque lo había, le era ciertamente indiferente, cuando no incómodo, de la variedad de temáticas expuestas: en un puesto podían estar especializados en literatura infantil, y en el siguiente no era descabellado poder encontrar libros sobre esoterismo y pseudociencias. Sin embargo, ninguno de estos le llamaba la atención demasiado tiempo. Al menos, hasta que llegó al último puesto, una estructura tal vez más desgastada que las anteriores, perteneciente a una librería de la que jamás había oído hablar, y aparentemente especializada en literatura de viajes. Y ahí lo vio.

El libro. El libro que cambiaría su vida para siempre.



Continuará en el siguiente capítulo

miércoles, 19 de marzo de 2014

Comienzos.

Todo aquello que juzgamos por ser efímero e inestable alguna vez fue consistente y prometedor. Como las ideas que nacen no de mentes brillantes, sino de seres que aspiran a ser algo más que una acumulación de rutinas. Los comienzos son los únicos culpables de que existan los finales, los responsables de que las cosas lleguen a su fin, y si así es ¿Por qué seguimos siendo cómplices de la erradicación de situaciones que deben acabar? Posiblemente porque somos cobardes y reacios a los cambios, y por lo tanto a los finales. 


Marieta.