El vehículo avanza a paso firme por la carretera, el caucho vulcanizado de sus neumáticos apenas besando el asfalto antes de separarse de nuevo irremediablemente por obra de su rotatorio frenesí. Al volante, que no al control, de este vehículo se encontraba Gustavo Heredia. Para estar al control del coche primero debería controlar su propia vida, y esa tiempo ha que estaba bajo el yugo de sus interminables deudas.
Señal azul con marco blanco: Despeñaperros 3. Kilómetros, claro.
El coche era el único vehículo sobre aquella carretera a pleno mediodía de un jueves. Hacía tiempo que Gustavo no se paraba a reflexionar detenidamente sobre su rumbo; como el coche, parecía que había estado guiada por un camino establecido, sea la carretera en un caso o los convencionalismos vitales en el otro.
Atención: tramo de concentración de accidentes en 500 metros. Curvas pronunciadas.
El motor del antiguo coche rugía bajo el capó, como un león que, aunque ya mayor, sigue presentando guerra. No así Gustavo.
Cuando llegó a la primera curva a la derecha, pegó un firme volantazo a la izquierda.
Y voló.
E hizo al coche volar. Y él voló lejos del coche.
Voló, y se sintió al fin liberado, viendo la arboleda aproximarse bajo su cuerpo.
Y cuando se estrelló contra el árido suelo montañoso, se sentía, por primera vez en mucho tiempo, libre.
Con este texto quería experimentar un poco; no suelo escribir cosas en tono trascendental, ni de manera metafórica, sino en un estilo novelesco. No obstante, me apetecía intentar algo nuevo.
Está bien. Experimentar no es malo y hacerlo aquí puede servirte para que ALGUIEN lo comente.
ResponderEliminar¡Ánimo!